Subasta del Estado

Era la entrada de un hotel lujoso de Asunción. Podía ver a las damas arropadas en telas globalizadas, trabajada con manos infantiles de todas las regiones. Más adelante veías a caballeros caminando hacia el registro de la subasta mientras que en el podio había un hombre de estatura pequeña que encendía un cigarrillo que miraba al auditorio serenamente, contemplando a sus posibles compradores; detrás de este hombre, había un ejército de asesores con notebooks y celulares activos, buscando información y manteniendo informado al subastador.

De repente, el subastador se aclara la garganta y todos toman asiento. En el podio sube un hombre de cabellos blancos, en sandalia y con una sonrisa, saludando a varios de los participantes, especialmente a las mujeres, quienes encantadas acudieron a su llamado.

Primer lote se pone a consideración -grita el hombre, sacando humo de su boca- y es la región Oriental Sur. Arena roja, gente ignorante, limita con un país cuya moneda es pobre y lo hace especial para la inserción de productos extranjeros. Milicia negociable. Escucho ofertas.

Al haber dicho esto, varios levantaron su cartel y luego de una puja sin sobresaltos, lo lleva un joven agroganadero cuyas intenciones es expandir el imperio de su familia.

Lote número #40 -luego ya recuerdo, el resto no sé como explicar que no lo registro-  es un precioso terreno cercano a la Capital. Especial para alquilarlo a precios usureros. Mercado desregulado por las autoridades. Una cuota de mantenimiento de leyes se debe mantener para que funcione en su favor. Escucho ofertas.

Lo ganó un español, otra vez sin sobresaltos, que huyó con toda su fortuna hacía 10 años de la última gran crisis que había provocado con sus amigos. Estaba decidido a reconstruir su fortuna.

Último lote -gritó cansado y rogando una pronta finalización- es la región Occidental. Tierra árida y sin población alguna. Elementos minerales en abundancia, especial para construir un parque de caza silvestres. El auditorio no estaba feliz con dicho producto y una de las señoras le susurra comprar ese terreno para que sus hijos jueguen con los animales y para tirar su basura o construir algo de milicias, había oído.

El último martillazo no solo pegó la mesa sino también mi cabeza, por que me desperté sobresaltado, un libro que estaba leyendo me hacía compañía; era un documento sobre el fracaso de la Reforma Agraria en el Paraguay. Me remuevo el sudor de la frente, respiro profundamente e intento volver a dormir, repitiendo un karma:

Fue solo un sueño. Solo eso.

Enserio lo soñé así.

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